Ya he llegado a la edad donde el tiempo empieza a dejar marca en todo mí ser y en las cosas de mí alrededor. Las patas de gallo disimuladas; el cansancio de noches de insomnio; indigestiones más frecuentes; las amistades que ya necesitan anteojos para leer, pues yo ya uso desde hace 30 años; todas esas pequeñas alarmas que nos indican que estamos próximos a cambiar de década, y que los “años mozos” ya han pasado.
La ventaja que tenemos en esta generación, es que los cuarenta ya no son lo de antes, sino que son los nuevos treinta. Podemos seguir vistiéndonos en jeans y tenis sin que se vea mal. Ir a bares y antros apropiados sin que tengamos que bailar danzón o alguna cosa por el estilo. Si hay restricciones, claro, sobre todo de buen gusto, pero estamos en una época donde nos podemos saltar una o dos reglas.
Habrá quien esté pensando que ya me siento vieja o algo por el estilo, pero es todo lo contrario. Lo que creo es que inconcientemente y a pesar de todas las ventajas que el milenio nos proporciona, hay gente que se ha hecho vieja.
Con la edad nos volvemos más duros en nuestros juicios; nuestro sentido de la diversión cambia y nuestros valores se refuerzan o reblandecen.
Con la edad perdemos los cuestionamientos pues creemos saberlo; los cambios son más difíciles ya que consideramos que somos lo que somos después de tanto tiempo.
Los consejos se tornan sabios; los comentarios inteligentes, y los amigos son lo que están porque ya no hacemos más.
Perdemos la capacidad de sorprendernos, de imaginar y de reírnos de nosotros mismos.
No hay duda que tenemos que crecer y hacernos mayores. Pero no creo que junto con las fotos y las cartas del pasado, también tengamos que guardar nuestro gusto por la vida, y la capacidad de seguir aprendiendo.
Yo no quiero verme a través de los ojos de los más jóvenes, sino a través de sus espíritus aventureros e inmortales. Quiero que se me contagie la frescura y la inocencia. Quiero nunca saber más para poder seguir buscando. Quiero seguir apasionándome con las cosas que me gustan y las nuevas que me presentan.
Y aunque suene alarmante, quiero vivir nuevamente mi adolescencia con todo lo que ahora sé y conozco, porque entonces será la adolescencia ideal.
No me molestan las arrugas de los ojos, pero si las de mi mente. No me molesta no dormir, pero si por preocupaciones. Y cuando en verdad sea mayor, cuando en verdad sea viejita, entonces quiero ser de esas viejitas que se disfrazan de brujas sin razón aparente, y que hornean pasteles para las visitas, aunque sean escasas.
Espero algún día envejecer con dignidad... pero dentro de mucho, mucho tiempo.
La ventaja que tenemos en esta generación, es que los cuarenta ya no son lo de antes, sino que son los nuevos treinta. Podemos seguir vistiéndonos en jeans y tenis sin que se vea mal. Ir a bares y antros apropiados sin que tengamos que bailar danzón o alguna cosa por el estilo. Si hay restricciones, claro, sobre todo de buen gusto, pero estamos en una época donde nos podemos saltar una o dos reglas.
Habrá quien esté pensando que ya me siento vieja o algo por el estilo, pero es todo lo contrario. Lo que creo es que inconcientemente y a pesar de todas las ventajas que el milenio nos proporciona, hay gente que se ha hecho vieja.
Con la edad nos volvemos más duros en nuestros juicios; nuestro sentido de la diversión cambia y nuestros valores se refuerzan o reblandecen.
Con la edad perdemos los cuestionamientos pues creemos saberlo; los cambios son más difíciles ya que consideramos que somos lo que somos después de tanto tiempo.
Los consejos se tornan sabios; los comentarios inteligentes, y los amigos son lo que están porque ya no hacemos más.
Perdemos la capacidad de sorprendernos, de imaginar y de reírnos de nosotros mismos.
No hay duda que tenemos que crecer y hacernos mayores. Pero no creo que junto con las fotos y las cartas del pasado, también tengamos que guardar nuestro gusto por la vida, y la capacidad de seguir aprendiendo.
Yo no quiero verme a través de los ojos de los más jóvenes, sino a través de sus espíritus aventureros e inmortales. Quiero que se me contagie la frescura y la inocencia. Quiero nunca saber más para poder seguir buscando. Quiero seguir apasionándome con las cosas que me gustan y las nuevas que me presentan.
Y aunque suene alarmante, quiero vivir nuevamente mi adolescencia con todo lo que ahora sé y conozco, porque entonces será la adolescencia ideal.
No me molestan las arrugas de los ojos, pero si las de mi mente. No me molesta no dormir, pero si por preocupaciones. Y cuando en verdad sea mayor, cuando en verdad sea viejita, entonces quiero ser de esas viejitas que se disfrazan de brujas sin razón aparente, y que hornean pasteles para las visitas, aunque sean escasas.
Espero algún día envejecer con dignidad... pero dentro de mucho, mucho tiempo.