Mis hermanos no me dejaran mentir cuando digo que a mi mamá le chocaba el día de las madres. Casi, casi, nos decía que si le regalábamos algo, nos iba a castigar. Y era cierto. Ella decía que ella era madre todos los días y que no necesitaba que se lo recordaran… ¡Claro! Con cuatro monstruos en casa yo creo que su deseo secreto era olvidarse por un ratito de su responsabilidad de ser mamá.
Cuando tuve a mi primer hijo, ella llegó al hospital
emocionada. Vio al bebé, lo cargó, lo abrazó y luego me preguntó: “¿Qué harías
por él?”. Yo le respondí: “Matar y dejarme morir”… No dijo palabra alguna. Ya éramos
iguales. Ya estábamos en el mismo canal y tal como ella me lo repitió infinidad
de veces, ya podía entender… “Comprenderás cuando tengas tus hijos…” me decía.
Pero no es cierto. No puedo comprender. No entiendo como
sobrevivió todas esas noches y días cuidándonos, preocupándose porque llegáramos
con bien a la casa, que no nos subiera la temperatura, que no nos doliera nada.
No puedo entender como soportaba la semana que nos íbamos de campamento, las
veces que nos enojábamos con ella, que hacíamos un berrinche, que no queríamos
comer, que volteábamos la casa de cabeza para luego recogerla.
La recuerdo sentada en la mesa del comedor de la casa,
viendo la televisión y recortando mi nuevo libro de muñecas de papel con sus innumerables
vestidos y accesorios. ¡Cómo podía pasarse horas cortando esas hojas con mi
constante preguntar: “¿Ya cortaste más?”!
Me es imposible entender cómo era capaz de morderse los
labios y buscar las palabras correctas para consolarnos después de una barba
abierta, una nariz rota, una mordedura de perro, y varios corazones rotos. No
puedo comprender cómo lo hacía.
No me entra en la cabeza cómo era capaz de callarse y
dejarnos tomar nuestras propias decisiones. ¿Cómo sabía cuándo estábamos errados?
No entiendo cómo se paraba de frente a la gente y nos defendía.
Ni en un millón de años podré comprender cómo mi mamá hizo
todo eso y más, y podía seguir como si no se le hubiera roto el corazón con
cada lágrima nuestra, como si no se le hubiera salido el alma con cada susto
que le dábamos, como si la angustia no se la estuviera comiendo cada vez que salíamos
con los amigos o cuando nos enfermábamos.
Mañana es el día de las madres y yo no tengo a quien
festejar, sin embargo, mis hijos si… Y en un futuro, cuando ellos tengan a sus
hijos, espero que ellos tampoco comprendan.
¡Ma! ¡Cuánta falta me haces!
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